martes, 21 de octubre de 2008
future lovers-madonna
Los perros se comen los restos de carne del suelo; caducados, poco hechos, un poco ensangrentados. Los canes lamen sus restos de babas que han quedado en el suelo y es que si pudieran también se comerían los miembros viriles de los taxistas de las grandes ciudades. Van en sus coches transportando a mujeres desesperadas por llegar a sus casas para criar a sus hijos, pero si suben a un taxi ya nunca llegan. Los taxistas las violan en el asfalto, clavándoles las piedras que han ido cayendo en la calzada en las delgadas espaldas. Y cuando terminan, las dejan criando malvas sobre el frío asfalto. Dejando a los hijos a merced de orfanatos de barrios suburbanos de segunda. Y acaban siendo drogatas, que se pinchan caballo pa cabalgar en busca de las madres, pa sentir el viento que por las ciudades ya nunca corre. Y después de mucho cabalgar por calles repletas de mujeres gordísimas que llevan bolsas y bolsas de dulces, de niños pequeños que van de la mano de viejas que visten chaneles de imitación y pelucas, de hombres y mujeres de negocios con carteras de piel de humano, de enamorados que ya no besan ni se dan la mano, que sólo se gritan, acaban junto a las madres en el asfalto de las calles de detrás de cualquier restaurante japonés, junto a los contendores. Los hijos drogatas acaban mamando de los pechos esqueléticos de las madres. Y a causa de invadir los espacios públicos acaban sentados en sillas de metal con la mirada perdida, sin ojos, con las cuencas vacías y los brazos finísimos y grisáceos, con la ropa hecha jirones y los dedos inmóviles, los acusados no hacen ningún gesto de nerviosismo. Los cadáveres son defendidos por abogados de oficio que cobran una miseria y ni siquiera se esfuerzan en defender a las madres de las que maman los hijos drogatas con la jeringa clavada en el hueso del brazo. El juez ve a los acusados temblorosos de frío (efecto visual) y les coloca unas mantas sobre las piernas casi invisibles, de una forma muy fraternal. Cuando el juicio se acaba y la sala se queda vacía, la madre y el hijo se quedan sentados en las frías sillas, como esperando el veredicto que ya se ha dictado. La madre y el hijo se quedan solos en la sala bajo la atenta mirada de un guarda de seguridad que a pesar de los tiempos que corren llora en silencio. Estamos en la era de los corazones de cerdo, la era de los vecinos alienígenas, de ascensores que te elevan a la luna, donde han construido una iglesia románica, de fríos y duros muros, donde las madres van a rezar antes de que los taxistas viciosos las violen y las dejen criando malvas en el duro asfalto.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario